Massa, el Primer Ministro

Opinión

El ingreso del referente del Frente Renovador, Sergio Massa al Poder Ejecutivo cómo Superministro del Gobierno abrió un impasse en el debate interno de la coalición Frente de Todos y en la lucha por el poder político de la Argentina.

Massa consiguió el apoyo cauteloso de la CGT y entusiasta del empresariado y del sector financiero, de gobernadores de la talla de Omar Perotti (Santa Fe) y de algunos, con menor envergadura política, como Gustavo Bordet (Entre Ríos), Gustavo Sáenz (Salta) y Mariano Arcioni (Chubut). Además, cosechó el espaldarazo del gobernador de Jujuy, el radical, Gerardo Morales, con quien mantiene una entrañable amistad. También recibió elogios de un sector del peronismo como los que le prodigaron el jefe de Gabinete bonaerense, Martín Insaurralde, el titular de la AFI, el santafecino Agustín Rossi e incluso se llevó piropos políticos impensados por parte del parte del ex ministro de Economía kirchnerista, Amado Boudou.

A último momento de hoy apareció una foto de la ex presidenta, Cristina Fernández junto a Massa, que parece despejar algunas dudas.
Massa, por su parte, consiguió el poder que jamás sumó ningún funcionario en democracia. Tendrá el control de toda el área económica; Economía, Energía, Comercio Interior, Desarrollo Productivo y el estratégico ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca.
Además no hay que olvidar que ya detenta la ahora secretaría de Transporte (Alexis Guerrera, es un hombre de su riñón), que Malena Galmarini, su esposa, está al frente de la compañía de Aguas y que Marco Lavagna, un hombre del FR, es el titular del INDEC.

Massa, quién aún no delegó sus funciones como titular de la Cámara de Diputados, mantendrá su ascendencia en el Congreso y será el interlocutor válido del Ejecutivo con la oposición política.

El dirigente del FdT no sólo controlará la política interna sino que tendrá una fuerte injerencia en aspectos sensibles como la relación con los Estados Unidos y los organismos internacionales de crédito, debido a los estrechos lazos históricos que mantiene con un sector de la Casa Blanca.

 

Además, el superministro decidirá en aspectos claves como la hidrovía, el tarifazo energético e incluso en políticas estratégicas para el futuro de la Argentina en recursos como el del agua y el litio, entre otros.
Ni siquiera Domingo Cavallo, en los 90, alcanzó el peso político que hoy detenta Sergio Massa. Cavallo contaba como contrapeso al presidente, Carlos Menem, un hombre muy cuestionable en aspectos politicos-ideológicos, pero que mantuvo hasta último momento las riendas del Gobierno.

En cambio, Alberto Fernández convoca a Massa y le otorga de forma casi integral el manejo de la política económica (por ahora el Banco Central, no) como una suerte de salvavidas que le permita llegar a terminó al 10 de diciembre, sin ahogarse en la última mitad de su mandato.

De esta manera, el ascenso de Massa no fue una concesión graciosa de Fernández al socio minoritario del Frente de Todos sino un pedido de auxiio desesperado del Presidente, que hasta último momento cruzó los dedos para que saliera bien de la decisión de colocar a Silvina Batakis al frente del Palacio de Hacienda.
Sin embargo, el ex ministro de Economía, Martín Guzmán dejó una economía demasiado maltrecha; con muy pocos dólares de reservas, más desigual, con una inflación galopante (que supera los horripilantes números que dejó Mauricio Macri), con una deuda de imposible repago y la mochila del FMI sobre las espaldas del país.

Batakis jamás tuvo la estatura política para salir de esta megacrisis política y socioeconómica. Y Alberto Fernández la sometió a semejante estropicio político, exponiéndola a un bochorno innecesario, convirtiéndola en una de las ministras de Economía que menos duró en su cargo en la historia, repitiendo la misma experiencia que sufrió Felipe Sóla, cuando fue notificado sobre su destitución como canciller de Argentina mientras volaba para presentarse en la VI Cumbre de la CELAC. O el despido de Ginés González García, que salió eyectado del Ministerio de Salud producto de una extraña operación de prensa que se consumó cuando el periodista, Horacio Verbitsky hizo pública una llamada del propio Ministro para que se colocará la vacuna del Covid de forma prioritaria.
Este es el Modus operandis de Fernández para tratar a sus colaboradores, con puño de acero y a sus espaldas, asestándoles golpes arteros.

El Presidente consuela con guantes de seda y beneficia con negocios a los bancos, los medios de comunicación, los agroexportadores, la gran industria, los burócratas de la CGT y a los representantes de la Casa Blanca y se fundió en un abrazo amigable con los opositores de derecha. Entre tanto mantiene en prisión a la dirigente social Milagro Sala, denigra en público a su socia y mentora Cristina Fernández recordándole por los medios que él es quién manda, destrata a sus Ministros, y, lo peor, ignora de forma flagrante, en el curso de una hiperinflación, a los trabajadores y jubilados.

El tan mentado relanzamiento del gobierno es en realidad un reconocimiento tardío del fracaso de la gestión Alberto Fernández y de un estilo de gobierno, “relanzamiento” que hubiera resultado más creíble después de la estruendosa derrota de las Legislativas del año pasado pero que hoy carece de cualquier viso de seriedad.

Alberto Fernández le entrega a Massa un gobierno políticamente loteado en el que reina la anarquía paralela del sector privado en desmedro de una jefatura de Estado devaluada por la impericia dolosa de Fernández.

Por ejemplo, cuando el ex gobernador bonaerense, Daniel Scioli y actual embajador de Brasil, Daniel Scioli fue designado ministro de Desarrollo Productivo asume con el compromiso, forzado por Fernández, de no tocar a ninguno de sus secretarios porque cada uno de ellos representa dentro del Gobierno distintos intereses económicos. Uno de los casos más emblemáticos es el del secretario de Industria, Ariel Shale, que tiene como padrino político a su ex jefe, el poderoso industrial textil, Teddy Karagozián. Hace rato que Fernández delega de forma tácita las decisiones de política económica en los grupos de poder económico y financiero.

Hoy el relanzamiento de Fernández parece más bien una entrega anticipada de su cargo o el reconocimiento de que tendrá un rol decorativo y que la administración de Gobierno quedó en manos de Sergio Massa, emulando a un modelo político Parlamentario o semipresidencialista, en el que el jefe de Estado puede ser “nominalmente superior”, pero en la realidad cumple un papel protocolar mientras el primer ministro gobierna el Estado.

La debilidad de Alberto Fernández y el estado caótico en el que recibe la situación socioeconómica, le plantean a Massa un doble sentido: con las mismas condiciones puede ser, como diría el literato español, Francisco de Quevedo, “un bien soñado o un mal presente”.

En el caso de que Massa logre domesticar la inflación, frenar la caída del salario real y el consiguiente aumento de la pobreza y la desigualdad, limitando el abusivo avance que lograron algunos sectores económicos-financieros durante la gestión de Macri-Fernández, estará en condiciones de ubicarse en el pole-position como candidato referente de la coalición oficialista a Presidente de la Nación, de cara al 2025. De lo contrario, se agravará la crisis al interior del Frente de Todos, que puede allanarle el camino al triunfo de la derecha de Juntos y/o que el cisma político abra las puertas a la candidatura de la ex presidenta Cristina Fernández o de algún emergente político que sepa capitalizar la enorme decepción que acumula la ciudadanía desde el 10 de diciembre de 2015, cuando Macri, primero y Fernández, después, iniciaron un programa político acelerado de despojo de los ingresos de los asalariados, de endeudamiento externo y concentración del ingreso, la riqueza y los recursos en manos del capital extranjero y nacional.

El ingreso de Daniel Marx, el responsable del megacanje y el blindaje durante la gestión de Fernando De la Rúa, al equipo económico de Massa plantea numerosas interrogantes sobre el futuro de la coalición oficialista y genera múltiples incertidumbres respecto del devenir de la Argentina..