Mussolini y el Fascismo

Cultura

Por Alberto Lettieri

Italia había luchado en la Primera Guerra Mundial del lado de los vencedores. Sin embargo, al terminar el conflicto no obtuvo nada de lo que pretendía. Entonces se multiplicaron las denuncias sobre el contraste entre los beneficios territoriales y monetarios obtenidos por las potencias vencedoras y el saco vacío que había correspondido a Italia. Y comenzó a tomar forma un discurso nacionalista muy firme que denunciaba que a Italia se le había reclamado la sangre de sus hijos pero que luego, en el momento de la victoria, no se la había recompensado como correspondía.
Este discurso argumentaba que este resultado era producto de que la monarquía parlamentaria encabezada por el rey Víctor Manuel, en lugar de generar respeto entre las naciones poderosas, sólo provocaba burla. Se sostenía que era un régimen débil, sin capacidad de decisión, que no tenía peso en el contexto internacional.
Además, al finalizar la Primera Guerra Mundial, y en el contexto de desocupación que recorría a toda Europa, en Italia se fortalecieron el Partido Socialista y el Partido Comunista. En las regiones industriales (Milán, Turín y Génova) los obreros estaban organizados en una poderosa central obrera, la C.G.T., que proponía la formación de soviets de obreros y la ocupación de fábricas para plantear sus demandas y definir cursos de acción. El nivel del conflicto social era muy elevado, ya que a lo largo de la Primera Guerra se habían llevado adelante algunos emprendimientos industriales importantes, que significaron un aumento de la población obrera.
Cuando terminó la guerra, la condición de vida cayó y aumentó la desocupación, lo cual posibilitó la difusión de la idea de que si el régimen parlamentario no daba respuestas, habría que buscarlas por otro lado. Los sindicatos y los partidos de izquierda se presentaban como una alternativa atractiva para los obreros. Dentro de estos partidos de izquierda –específicamente, dentro del socialismo– desarrolló sus primeros pasos en la política el líder del inminente movimiento que se aprestaba a ejercer un protagonismo incuestionado en la escena italiana durante más de dos décadas: Benito Mussolini.
Es interesante ver los perfiles de estos líderes carismáticos. Hitler era un pintor fracasado. Mussolini, por su parte, era un comediante frustrado. Ambos parecen haber canalizado esas capacidades artísticas bastante limitadas, convirtiéndolas en herramientas muy apropiadas en el contexto de la organización y manipulación de las masas. Mussolini surgió del socialismo pero rápidamente rompió con el partido. Una vez concluida la Gran Guerra, advirtió que existía una vertiente para obtener un poderoso liderazgo político, consistente en explotar el temor que tenían las clases medias urbanas, los sectores terratenientes campesinos y los campesinos en general respecto de la posibilidad de expansión del socialismo. Allí fue donde dio un giro drástico, de manera que de dirigente del Partido Socialista se transformó en un violento opositor. A partir de entonces, elaboró un discurso que sintetizaba un afiebrado nacionalismo, valores comunitarios y la recuperación de la gloriosa tradición de la Roma imperial.
Contemporánea a la figura de Mussolini fue la de un destacado intelectual, Antonio Gramsci, de extracción comunista, quien provocó un cambio notable en el ámbito de las ideas políticas y de la cultura en general. Marxista pero no dogmático, su formación se nutría de la tradición socialista europea, del pensamiento clásico e, incluso, del liberalismo político, a través de la obra de su maestro, Benedetto Croce. A diferencia de Lenin, Gramsci no alentaba la dictadura del proletariado, ni tampoco descartaba la activa participación de los campesinos en el “frente nacional y popular” sobre el que consideraba que debería sostenerse el proyecto revolucionario. Si bien Gramsci construía su propia vanguardia –los “intelectuales orgánicos”– ésta no debería operar a través del autoritarismo sino del prestigio y de su capacidad de aglutinamiento social, considerado como un paso necesariamente anterior a la toma del poder.
Paradójicamente, pese a las grandes diferencias que los separaban y que llevaron a que Gramsci estuviera confinado durante catorce años en las cárceles de Mussolini, ambos imaginaron un futuro glorioso para Italia a partir de las viejas glorias de la Roma clásica, que implicaba un hito de grandeza del cual consideraban que no debería haber caído la nación italiana, y que tal vez podría llegar a recuperarse en el futuro. Mussolini fundó el Movimiento Fascista en 1919, y recibió la adhesión de ex combatientes nacionalistas.
En 1920 el movimiento adoptó una organización paramilitar. Su objetivo era contener el descontento social imponiendo un orden rígido, a través de una síntesis de represión y consenso. La manera más rápida de promocionarse que encontró Mussolini fue a través del accionar de los fasci di combatimento, es decir, de los comités de lucha. En 1921, se fundó el Partido Fascista, con una organización celular, compuesta por una fuerza de choque: las “camisas negras”. Estas células –que poco después iban a imitar en Alemania las SA (secciones de asalto)– cumplían la función de amedrentar a los sindicalistas, a los políticos y a los seguidores de todas las fuerzas de izquierda, golpeándolos con palos, baleándolos o acuchillándolos. De esta manera, la misión que se autoasignaban los fascistas frente a los sectores medios y propietarios era garantizar que el socialismo y el comunismo no se iban a extender en Italia, considerando que si el Estado no cumplía con este objetivo, debían ser ellos mismos los encargados de hacerlo.
El crecimiento del fascismo fue muy rápido: creó sindicatos de obreros desocupados, para evitar que se enrolaran en el socialismo o en el comunismo y, como había muchas huelgas –ya que ésta era la estrategia de combate preferida por la izquierda–, los sindicatos fascistas organizaron grupos de esquiroles para cumplir las tareas de los huelguistas. En 1922, en un clima de guerra civil, las escuadras de Mussolini atacaron municipios, sindicatos y comités partidarios de la izquierda, y asesinaron a muchos de sus dirigentes. El 31 de julio de ese año, los fascistas hicieron fracasar la huelga general convocada por los sindicatos de izquierda, obligando a los obreros mediante la represión a volver a sus trabajos.
El fascismo empezó a ser visto por los sectores propietarios tradicionales y las clases medias italianas como una garantía para sus intereses, mal custodiados a su juicio por el Estado liberal. De este modo, se empezó a convertir en un movimiento preocupante para un régimen político en crisis, absolutamente ilegítimo y falto de representatividad. Para la Primera Guerra Mundial, apenas un 10% de la población italiana tenía derecho a sufragar.
Los resultados electorales del fascismo se superaban en cada elección. Entonces Mussolini consideró que su hora había llegado y, en lugar de buscar su acceso al gobierno a través de las urnas, organizó la célebre “Marcha sobre Roma”, en octubre de 1923, de la que participaron casi dos millones de personas. Ante tal demostración, el rey convocó a Benito Mussolini a formar gobierno, ya que no tenía fuerzas para contener a una fuerza política con una capacidad de movilización semejante.
En los primeros tres años de gestión, Mussolini mantuvo una fachada parlamentaria, formando un gabinete de coalición del que participaron los partidos tradicionales, en tanto sus escuadras se dedicaban a realizar sus habituales actos de violencia sobre los opositores. Paulatinamente fue adquiriendo poderes plenos para controlar la situación social. Para entonces, su rol de Il Duce (el conductor) que le adjudicaban sus seguidores ya se había popularizado en toda Italia. Mussolini creó una milicia partidaria mucho más poderosa y obtuvo en las elecciones siguientes el 65% de los votos, y 374 bancas en la cámara de Diputados.
En 1925 disolvió el régimen parlamentario, aunque mantuvo la figura simbólica del monarca. Pero en ese sentido, Mussolini fue mucho más creativo que Hitler, ya que organizó un Estado corporativo antimarxista, articulado a través de los Consejos del laboro, corporaciones destinadas a liquidar la opción clasista. Estas organizaciones se inspiraban vagamente en recomendaciones formuladas por el marqués de Saint-Simon, a principios del siglo XIX, y por Émile Durkheim, en la década de 1880, quienes habían sostenido que las corporaciones no debían ser un ámbito de representación exclusiva de los trabajadores o de los patrones, sino que debían ser un punto de encuentro de la población productiva que participaba de una misma actividad, y que comprendía a empresarios y asalariados. Eran un ámbito de permanente negociación. Asimismo, se prohibieron las huelgas y los lock-outs patronales. También las corporaciones tenían asignada la tarea de generar iniciativas y brindar asesoramiento para las políticas estatales.
Así, en reemplazo del Parlamento, Mussolini apeló a la creación de un Consejo Nacional corporativo, formado por obreros y empresarios, aunque con atribuciones únicamente consultivas. En este punto, el hombre no se integraba a la sociedad en condición de ciudadano sino de trabajador, a partir de su profesión u oficio, que le permitía asimismo obtener una identidad social como plomero, operario, maestro, etcétera. Mussolini buscó en un principio una alianza con las iglesias católica y protestante (el nazismo también lo imitaría en esto en los años 30). Aunque la alianza sufrió numerosos vaivenes, Mussolini buscó preservar una fluida relación con el Papa, quien mantenía un tradicional enfrentamiento con la república italiana.
Debe recordarse que la unidad italiana había sido forjada en el marco de una lucha entre la República y el Papado, que pretendía mantener sus dominios territoriales y potestades adicionales en la península. Mussolini firmó en 1929 los acuerdos de Letrán con el Sumo Pontífice, que impusieron la enseñanza religiosa en las escuelas, en tanto el catolicismo se convirtió en religión oficial del Estado italiano. Estos elementos de juicio son reveladores respecto de la actitud asumida por la Iglesia cristiana frente a los totalitarismos anticomunistas, y su conflictiva relación con el sistema democrático. También para el papado, Mussolini (mucho más que Hitler) constituía en apariencia una garantía mucho más sólida para evitar la expansión del “trapo rojo”.
El fascismo conllevaba la idea de una Italia grande. Por esa razón se intentó aumentar su demografía. Se premió a las familias numerosas, se castigó a los solteros y se prohibió la emigración. También se impuso el dopolaboro, que apuntaba al desarrollo del placer sano, estimulando las prácticas deportivas, la creatividad artística y filosófica, y la asistencia sanitaria y social. Mussolini pretendió expandir el territorio italiano, incorporando algunos dominios coloniales poco atractivos para las potencias centrales. El único lugar hacia el cual podía expandirse Italia era el norte del continente africano, ya que se suponía que era una iniciativa que tenía un costo bajo y muy poco riesgo, tanto porque las potencias europeas no parecían mostrar demasiado interés por Etiopía, Eritrea y Somalia, cuanto porque en esos territorios no existían ejércitos modernos y organizados.
Además, el avance sobre el norte de África permitía reeditar una de las líneas de expansión imperial de los Césares, aunque de manera bastante bizarra, lo cual se prestaba como anillo al dedo para la multiplicación de afiebrados discursos nacionalistas. Pese a todo, la campaña sumó algunas derrotas militares llamativas, incluso en algunas batallas en las que sólo debieron enfrentarse con tribus armadas con arcos y flechas.