Neoliberalismo y globalización

Cultura Internacionales

 

Por Alberto Lettieri

La globalización se montó sobre el marco ideológico que propuso el neoliberalismo, corriente ideológica que surgió a mediados de los años 50, en pleno auge de los Estados de Bienestar.

Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial el mundo ingresó en la Guerra Fría, que, entre otras cosas, implicó una competencia declarada entre dos formas de concebir el mundo y la sociedad.

Una vez derrotada la amenaza fascista, los modos de vida característicos del capitalismo y el comunismo entraron en conflicto entre sí. En el peculiar escenario de la posguerra, donde ninguno de estos modelos estaba consolidado y ambos pugnaban por extenderse a todo el mundo, las dos grandes potencias que los animaban –los Estados Unidos (y por extensión la dirigencia capitalista) y la Unión Soviética– se vieron obligadas a presentar inmediatamente resultados que permitieran comprobar sin lugar a dudas que su sistema generaba más bienestar que su antagonista.

En tanto la URSS impuso procesos de sovietización de las economías del este europeo que posibilitaron el crecimiento industrial, la urbanización y el pleno empleo en sociedades tradicionalmente agrícolas y atrasadas, el capitalismo debió inventar el estado de bienestar, cuyas bases contradecían muchos de los presupuestos característicos de este sistema. En efecto, el estado de bienestar era un estado social, es decir, que ejercía regulaciones sobre el mercado inspirado en consideraciones de carácter social. De este modo, el funcionamiento del mercado no era autónomo respecto de la acción del estado –según lo exigido por la teoría capitalista–, sino que las tarifas, características de las prestaciones, regulación del empleo, etcétera, eran el producto de la negociación entre tres grandes interlocutores: el estado –representante del interés general–, las corporaciones empresariales y los sindicatos.

De este modo, las economías diseñadas por el capitalismo para enfrentar la influencia que podría llegar a ejercer el comunismo sobre los trabajadores y los jóvenes no eran estrictamente capitalistas, sino mixtas, ya que combinaban la lógica del mercado con una lógica basada en consideraciones sociales. Éste era un mundo ideal para la mayor parte de la población, sobre todo para los sectores obreros, entre los cuales comenzó a decaer el atractivo de construir una sociedad comunista ya que, en el contexto del mismo capitalismo, estaban consiguiendo todos los bienes que pretendían.

Como contrapartida, las tasas de ganancia de los empresarios cayeron de manera notoria, aunque ciertamente éste era el mal menor, frente al temor de los capitalistas de perderlo todo. Justamente en el contexto de auge del estado de bienestar, en la década de 1950, empezaron a reunirse algunos intelectuales liberales que planteaban la necesidad de generar un marco conceptual nuevo, una renovación del liberalismo. Ellos especulaban con la posibilidad de la caída del comunismo y suponían que ante esa situación el estado de Bienestar no iba a tener más sentido, al desaparecer el modelo alternativo. De esa manera, desde mediados de la década de 1950 empezó a elaborarse el neoliberalismo, que comenzó a imponerse a partir de fines de los años 70 en las sociedades europeas, en Estados Unidos y, a partir de ahí, en el resto del mundo. Según se advierte, esto sólo sucedió cuando la Unión Soviética comenzó a hundirse y los países comunistas europeos abandonaron este sistema, en medio de una desazón generalizada de las sociedades que lo habían experimentado.

En este contexto, desde la perspectiva de la dirigencia capitalista, el estado de bienestar implicaba un gasto social excesivo que había dejado de justificarse ante la ausencia de una alternativa concreta para los trabajadores.

El neoliberalismo es pues, una vertiente de una doctrina económica – el liberalismo– que tiende a profundizar los aspectos conservadores, de explotación del hombre por el hombre, graficados a través de la imagen del “derrame de la copa”. Los teóricos neoliberales comparaban a las sociedades con una copa, cuyo interior estaba compuesto por las clases propietarias, y su exterior y su base, por el resto. Señalaban que el objetivo de las políticas económicas debía estar orientado a llenar en un principio el interior de esa copa, y una vez que su contenido fuese completado, se iba a producir un derrame que beneficiaría al resto de la sociedad, que podría en ese momento aumentar sus niveles de ingreso y sus estándares de vida. El laboratorio social en el que primero se puso a prueba la factibilidad del neoliberalismo no fue una sociedad europea, sino sudamericana, la chilena, durante el reinado del terror del dictador Augusto Pinochet, en la década de 1970.

El contexto político era inmejorable para los intereses capitalistas: represión generalizada, clausura de las libertades de expresión y de reunión, desaparición forzada de personas y destrucción de todos los espacios solidarios progresistas de la sociedad civil – asociaciones, sindicatos, partidos políticos de izquierda, etcétera–, con la bendición de las corporaciones y asociaciones de la aristocrática sociedad chilena, que aún venera este reinado de la barbarie. Así empezó a llevarse adelante un proceso de concentración de la propiedad y de la riqueza, aumento de la desocupación y disminución de los salarios. Es decir, un proceso que intentaba recuperar rápidamente los índices de acumulación que habían perdido los capitalistas durante los años de vigencia del estado de bienestar. La liquidación del estado de bienestar y la imposición de las bases teóricas del neoliberalismo en Chile estuvieron acompañadas por una situación de represión muy pronunciada, receta que se extendió rápidamente a la mayoría de las sociedades latinoamericanas, que debieron soportar la imposición de sangrientas dictaduras militares entre los años 70 y mediados de los 80.

En el caso europeo, en tanto, los avances del neoliberalismo no estuvieron acompañados de la imposición de regímenes autoritarios, sino en el contexto de grave depresión económica que siguió a la crisis internacional petrolera de 1973. Excluyendo a los países productores de petróleo –que en general se vieron beneficiados por el alza del crudo– esta crisis provocó un proceso generalizado de estanflación –estancamiento económico sumado a agudos procesos inflacionarios– a nivel mundial. Los estados de bienestar se vieron afectados en su capacidad operativa por los aumentos generalizados provocados por la suba de la oferta monetaria, que se trasladó inmediatamente a todos los precios, el salario real cayó, la desocupación avanzó y se expandió el abatimiento en las sociedades civiles. Hacia fines de la década de 1970, Inglaterra se constituyó en el primer laboratorio europeo en el que se aplicaron las ideas neoliberales. La depresión económica provocó cierta desazón de los trabajadores con el Partido Laborista, lo que permitió la llegada al gobierno de la Primera Ministra Margaret Thatcher. Poco después, el republicano Ronald Reagan implementó políticas similares en los Estados Unidos, y de ahí su aplicación se generalizó en todo el mundo. Los beneficios sociales fueron liquidados (la salud, la vivienda, los beneficios jubilatorios, etcétera sólo están al alcance de quien pueda pagarlos), y las variables monetaristas y los criterios de maximización de la rentabilidad del capital impusieron su yugo.

Las experiencias de Inglaterra y de los estados Unidos tuvieron un carácter paradigmático. Por un lado, se desarrollaron en dos de las principales naciones occidentales, lo que permitió dotar al neoliberalismo de un escenario privilegiado, que imponía un marco normativo al resto del mundo. Por otra parte –y a diferencia del caso chileno–, se habían desarrollado en contextos de democracia política formal. Esto permitió inferir que la situación de dictadura militar no era en absoluto necesaria para la aplicación del nuevo modelo: lo que importaba era contar con una situación de retroceso económico y desorganización de las fuerzas progresistas y democráticas. En este aspecto, la estanflación de los años 70 significó una contribución inmejorable, a la que en muchos países periféricos se sumaron los terribles procesos de disciplinamiento social impulsados por dictaduras cívico-militares.

Ya concretado el trabajo sucio por parte de las corporaciones militares, una vez más la democracia volvía a constituirse en la mejor concha política para garantizar la reproducción del sistema, como había advertido Lenin a inicios del siglo XX. Evidentemente, se trataba de una democracia de baja calidad, una democracia de procedimientos, vaciada de toda pretensión social. A casi cinco décadas de la imposición de las primeras experiencias neoliberales, la experiencia internacional permite plantear dudas muy ciertas sobre la validez de la tesis del derrame. En efecto, si bien su aplicación permitió que la capacidad de acumulación de los sectores más altos se multiplicara, los sectores medios y bajos del tejido social a lo sumo han obtenido beneficios magros, y en la mayoría de los casos se vieron perjudicados considerablemente.

Las consecuencias de este proceso han sido un empobrecimiento generalizado de la población asalariada y de los sectores cuentapropistas, un aumento notable del desempleo y la sanción de la inviabilidad económica de la mayor parte de las economías periféricas. En Chile, la aplicación del modelo implicó consecuencias sociales gravísimas, y éste ha sido uno de los pocos casos en que obtuvo un éxito relativo. En los países centrales, fue necesario implementar costosísimas políticas de subsidio a los desempleados para garantizar el orden social y político que se mantienen hasta la actualidad. En los periféricos, en tanto, estos subsidios generalmente no existieron, lo que provocó una abrupta multiplicación de los desocupados, la destrucción de la capacidad adquisitiva del salario –en vista del aumento inédito de la oferta de mano de obra– y situaciones de grave desorden social, contenidas sólo parcialmente a través de la represión y la aplicación de prácticas asistencialistas y de clientelismo político. La contribución del neoliberalismo a las bases teóricas de la globalización resulta evidente.

El problema actual radica en la inexistencia de alternativas que permitan remediar las terribles consecuencias sociales que provocó el desarrollo de la experiencia neoliberal. Liquidado el sueño comunista, la dirigencia capitalista a nivel universal no encuentra razones de peso para revertir el proceso de empobrecimiento generalizado que impone el sistema a las 4/5 partes de la población mundial, y se dedica a tratar de aumentar sus tasas de rentabilidad, asemejando a un ídolo primitivo que reclama ser alimentado con sangre humana.

Paradójicamente, en la era de mayor desarrollo científico y tecnológico de la historia, la humanidad presenta un espectáculo desconocido durante casi dos siglos: los miembros de las nuevas generaciones cuentan con serias expectativas de experimentar un nivel de vida inferior al de sus padres, con la excepción –obviamente– de las minorías.