La renuncia intempestiva de Marco Lavagna al INDEC desató una nueva tormenta sobre el gobierno de Javier Milei. Innecesaria, como la mayoría de las oportunidades anteriores en las que había conseguido generar situaciones muy favorables para invalidarlas en momentos decisivos.
La razón de la dimisión de Lavagna fue muy clara: fue presionado para ocultar o manipular los resultados de la aplicación del nuevo indicador estadístico, que daba entre el 3,2 y el 3,4%, según confirman en el INDEC, y confirmó este martes el operador mediático Eduardo Feinmann: «El nuevo índice iba a dar entre 3,1 y 3,5% de inflación. Para el Gobierno era una pésima noticia. Arrancar el año de esa manera era pésimo». La misma data fue publicada por Clarín.
Marco Lavagna decidió que ya había hecho demasiadas concesiones y presentó su renuncia. Pero el problema no terminó sino que comenzó con esa decisión, ya que confirmó la determinación del gobierno de seguir manipulando datos y estadísticas para sostener su relato. Ni bien el ministro Caputo empezó a recibir las repercusiones de la salida de Lavagna, trató de operar a través de las redes sociales y los operadores periodísticos que le responden para desmentir el salto inflacionario que confirmaría la aplicación del nuevo indicador. Incluso salió él mismo a dar entrevistas, en las que afirmó que la diferencia entre los resultados de la aplicación del indicador anterior y el actual era de apenas el 0,1%, y hasta sostuvo que la inflación de enero terminó en 2,5%.
Como sucede cada vez que irrumpe en los medios, Luis “Toto” Caputo generó el efecto exactamente inverso al buscado. En primer lugar porque tuvo que admitir que había violado el secreto estadístico al difundir la presunta información del indicador 10 días antes de la fecha en que estaba programada, lo que implica el blanqueo de su intromisión en el INDEC. Pero, además, anunció que se suspendía indefinidamente la aplicación del nuevo indicador, lo cual confirmó que el gobierno va perdiendo la lucha contra la inflación.
El escándalo de la manipulación de los datos del INDEC fue suavizado un poco en los medios locales por su alianza con las principales cadenas, pero no tuvo la misma fortuna con los mercados. La divulgación del indicador de enero, con la aplicación del antiguo índice que seguirá vigente, implica una información sensible para la toma de decisiones financieras, ya que a partir de él se actualizan los bonos CER, los créditos y plazos fijos UVA, las jubilaciones, los alquileres, las asignaciones sociales, el dato de pobreza y hasta de las bandas de flotación del dólar. De este modo, favoreció nuevamente a los operadores de mercado y bajó en un punto los indicadores que se utilizarán para negociar paritarias con los sindicatos.
La tolerancia del blindaje político local contrastó con la reacción de los mercados. Las acciones de empresas argentinas se desplomaron en Wall Street hasta el 23%, el riesgo país otra vez superó los 500 puntos básicos y el Merval cayó un 1,3%. Por si fuera poco, el mercado tomó pésimamente el anuncio Caputo de que el Gobierno no se propone recurrir al mercado internacional de deuda en el corto plazo, en contradicción con los anticipos que venía realizando. Cada vez que el “Toto” habla en público convierte una llama en un incendio forestal.
Lo más incomprensible de todo es la razón por la que el gobierno salió a anunciar la aplicación del nuevo índice del INDEC –algo que venía postergándose desde la gestión de Mauricio Macri por su incidencia en el aumento de la inflación-, para luego desdecirse al momento de publicitar sus resultados. ¿Incapacidad? ¿Desidia? ¿Fuego amigo? Lo cierto es que el gobierno insiste en desaprovechar la mayoría de las situaciones favorables que se le generan. Salvo que su intención no sea otra que provocar el colapso y el hundimiento de la economía y de la sociedad argentina, algo que parece demoníaco pero no puede descartarse a la luz de las decisiones que toma.
