La visita de Lionel Messi a Donald Trump en la Casa Blanca hizo estallar el debate en los media y en las redes sociales. La llegada del capitán de la Selección Argentina a Washington junto con el plantel del Inter de Miami, acompañado de uno de los dueños de la franquicia, Jorge Más, del grupo Más Canosa, desató la polémica. ¿Qué quiso expresar Messi acompañando a Trump en medio de la Guerra de Medio Oriente? Fue un espaldarazo a la ofensiva conjunta de Israel y los EEUU? ¿Se trató de una toma de distancia del “Chiqui” Tapia, perseguido por Javier Milei –un protegido del presidente norteamericano- en medio de la ofensiva judicial que soporta? Claramente, la presencia de Messi y las múltiples fotos y videos que acompañaron el tour demuestran una clara toma de partido en el plano geopolítico? Podríamos preguntarnos si existe algún tipo de afinidad ideológica, pero sería en vano: la única ideología que con la que ha sido consecuente el capitán del Inter de Miami ha sido la del dinero y de la sumisión a los poderes fácticos.
Al ver a Messi junto a Donald Trump, en medio de los anuncios oficiales plagados de triunfalismo hueco y de amenazas apocalípticas, inmediatamente podemos preguntarnos cuáles serán los beneficios de la asunción del papel de claque de un gobernante enardecido. Sorprende también los esfuerzos que comunicadores mediáticos autoasumidos como “progres” realizan constantemente para tratar a despegar a Leonel de toda responsabilidad política. “No entiende de política», «siempre ha evadido las definiciones políticas” o “llegó allí por obligación” son sólo algunas de las muletillas esgrimidas, olvidando que apenas cuatro años atrás, tras obtener finalmente su tan deseado Mundial de Fútbol, Messi y su séquito ignoraron explícitamente a Alberto Fernández y a su gobierno, obligándolo a abstenerse de toda participación en los festejos para que estos pudieran tener lugar. Por más que se esfuercen presentarlo como “el tonto de la pelotita”, el capitán argentino es sagaz y está muy bien asesorado para alcanzar sus objetivos. En la cancha y en la vida.
En una mirada más profunda, pretender alguna señal anti-establishment de Messi sería un absurdo, ya que implicaría un giro copernicano respecto de lo que ha sido su línea de conducta a lo largo de toda su vida. ¿Messi fue “usado” por el poder real para promover la guerra? ¿-lo aceptó por convicción o por ignorancia? No nos engañemos, Messi es un “amigo del poder”, rol que le permitió obtener grandes beneficios económicos y favorecer otros tantos éxitos deportivos. Por esta razón la comparación que muchos pretendieron establecer con D10S, nuestro Diego Armando Maradona, es un absurdo. Diego siempre fue la imagen y la represión viva de la rebeldía, la voz de los subalternos, el grito contra la injusticia, la expresión del triunfador que nunca olvidó sus orígenes. Diego fue D10S confrontando con el poder real; Messi fue el mejor jugador de su época llevado en andas por ese mismo poder real, que aún en su declive y la proximidad de su retiro recurre a toda clase de triquiñuelas para dotarlo de una indefinida sobrevida.
Más allá de las consideraciones morales o idológicas y las preferencias que pueda tener cada uno de nuestros compatriotas, ensayar una comparación sólo en esos términos implicaría una mirada miope y reduccionista. Diego fue la expresión de su época, del sentido común, de una mirada nacional, popular y anti-imperialista. Una Argentina solidaria y comprometida con la justicia social, la soberanía, el crecimiento industrial y la movilidad social ascendente. Pero la historia implica una combinación de cambios y continuidades, y ese sentido común, ese caldo de cultivo que encontraba en D10S a su vocero y su inspiración natural se ha modificado. Perón llegó a la presidencia en 1946 con el slogan “Braden o Perón” y obtuvo una victoria contundente. Javier Milei se impuso en las elecciones de medio término del año pasado contando con la protección y el apoyo de Donald Trump, quien terminó incluso adjudicándose el éxito electoral. En 1946 Braden condenaba a la derrota; en 2025, Trump garantizó el triunfo.
LA argentina ya no es más la sociedad más anti-yanqui de América. La solidaridad social no existe; la justicia social parece no mover más el amperímetro; el desarrollo industrial y la movilidad social ascendente son objetos empolvados de un museo imaginario. En este nuevo contexto, ¿podría esperarse otra actitud de Messi más que el oportunismo y el cálculo empresarial, siendo dos criterios adoptados por las mayorías sociales? D10S fue la expresión de su época; Messi, de la propia. Tal vez aquella esté cargada de una épica, de un romanticismo, de una utopía que hoy ya no existe. Esta es desacartonada, incompleta, sesgada, con jefes que expresan intereses egoístas o corporativos. Por eso Messi está tan lejos de D10S y, paradójicamente, tan cerca de los valores y expectativas de su propia sociedad. Podemos refunfuñar o aceptar los cambios, pero Messi no será sino el parámetro de una sociedad que ya no es lo que supo ser. Para mejor o para peor, cada quien tendrá su propia respuesta.
A la postre, “la única verdad es la realidad”, afirmaba quien en el ocaso de la vida intentó desesperadamente la unidad de los argentinos, consciente de las consecuencias a las que nos conducía la profundización de nuestra letal grieta. Tenía razón entonces y ahora. Si bien son muy pocas, algunas verdades son atemporales y nunca cambian del todo.
